| Publicado el 18-08-2007 16:07 |
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Ayer tuve una amarga despedida de un objeto que me había acompañado en los últimos no se cuántos años de mi vida, la horrible lámpara del pelícano. Resulta que ayer me compré un precioso flexo en el Ikea (sí, me quiero hacer el cosmopolita, qué pasa)de estos de brazo articulado con muelles y un gran focazo para aplicar el tercer grado que se agarran con una pinza a la mesa. La cosa es que volví de comprarlo, lo puse y dejé al pelícano en mi cama y me fuí relajadamente a casa de mi amigo el Galgo a hacer el pingüino en el God of War 2, y cuando vuelvo a casa por la noche pregunta a mi madre donde está la lámpara... y mi padre la había tirado. Oh cuan amargo momento.
Ahora os vendrán principalmente dos preguntas a la cabeza, la primera es que si era tan horrible por qué me ha dado pena, y la segunda que si tanto aprecio le tenía por qué lo he sustituido. Os contestaré primero a la segunda, resulta que llevaba un tiempo que no funcionaba muy correctamente, de hecho un día mis padres se asustaron porque yo no estaba en casa y cuando volvieron de sacar al perro por la noche se había encendido sola, claro, que luego cuando la querías encender de verdad era casi imposible y había que hacer múltiples intentos. Esto sumado a que era un coñazo rebuscar donde vendían bombillas pa ello pues no salía muy rentable ya su uso plenamente amortizado. Aún así la quería guardar porque plegada no ocupaba mucho y podría servir para cualquier eventualidad en la que fuese menester una lamparica. La segunda respuesta a la primera pregunta es una larga historia...
Corría el año noventaipico, no sabría decir exactamente, y estaba en esa época en la que uno empieza a tomar decisiones sobre su propio entorno, ahí cuando las cosas que entran en tu cuarto empiezan a dejar de elegirlas tus padres para imponer tus opiniones. Yo tenía un problema logístico bastante serio en esa época, resulta que yo no tenía cama con mesilla, si no que era una de estas abatibles en un mueble muy grande, por lo que carecía de lamparita y cualquier cosa que suele haber por ahí, y para dar la luz y apagarla tenía que ir hasta la otra punta de la habitación, haciendo uno de los dos viajes a oscuras, claro, y algún día me hice algo de pupita. Así que decidí que algo había que poner, que además me sirviese para leer en la cama y tal. Mi primera idea fué un flexo de estos de pinza, pero en esa época sólo había de bombilla de rosca (el que me compré ayer es de bombilla de rosca, pero ahora como son fluorescentes también pues da igual) así que estando en el Pryca (ahora Carrefour) en la sección de lamparicas pues vi esta especie de cosa fea retráctil que a gritos pedía que lo comprase. Reunía todos los requisitos, bombilla fluorescente, que después comprobé que se jodía demasiado pronto y no era muy fácil de encontrar, un tamaño que la hacía idónea para dejarla en el mueble y que al ser abatible pues salvaba la tabla que había entre la repisa del mueble y la cama. Así pues este pelícano horrendo y horrible me dio la oportunidad de ser un poco más independiente y de no asarme en verano con las luces abrasadoras de la lámpara del techo. Luego cuando reformé la habitación pasó a formar parte del escritorio junto a los dos ordenadores y el router, y así hasta ayer... cuando lo perdí...
La verdad es que estaba muy ajado por los años, decolorido, desgastado y con ese toque rancio que da el tiempo, pero uno es un poco sensible a su manera y hay cosas con las que uno se encariña. En fin, ahora que ya lo he perdido aquí queda un sentido homenaje a una lámpara que valía muchísimo más de lo que costó, dos mil pesetas. Siempre te llevaré en el corazón, horrible pelícano.
New Born (Muse)
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